Siguiendo el rastro de los raptores
Tras un largo paréntesis vacacional, retomamos el hilo narrativo de nuestra aventura.
Durante estos días pasados, en la última sesión de juego, se han producido ciertos acontecimientos que han supuesto la ruptura de la comunidad de aventureros primigenia (sólo a efectos de juego, lógicamente). Estos cambios han provocado un notable cambio de rumbo en la campaña, que se verá lógicamente afectada por la disgregación de la compañía y la posterior creación de nuevos personajes. Por ahora, nos limitaremos a relatar los acontecimientos ocurridos hasta el mismo momento que los aventureros deciden romper el grupo. Intentaremos que alguno de ellos escriba sobre los motivos y circunstancias que precipitaron la toma de tales decisiones. El nuevo grupo creado será, sin duda, el que se ocupará de penetrar en el complejo de WLD, una vez den con el lugar de entrada al mismo.
Ahora seguimos con la aventura y la descripción de los escenarios.
El rastro discurre en dirección nordeste. De vez en cuando, podéis descubrir algunos indicios de que la pequeña partida que perseguís ha parado para descansar. Halláis restos de hogueras, numerosas pisadas, algunos restos de suciedad, desperdicios y pequeños huesos de animales. Observáis que, según se acercan a la Sierra de Garganfría, los presuntos asaltadores se vuelven más descuidados, siendo más fácil seguir su rastro. A la mañana del segundo día de marcha, descubrís algo que os inquieta: parece ser como si a la pequeña partida a la que dais caza se le hubiera unido una segunda, pues el número de pisadas se han multiplicado por dos. Ahora perseguís a una veintena de individuos, aproximadamente.
Cuando casi estabais seguros de que el destino de los trasgos era la agreste y salvaje Sierra Fría, el rastro gira bruscamente hacia el norte, encaminándose al Bosque Oscuro.
Al anochecer del tercer día de marcha arribáis a las inmediaciones del bosque. La noche es fría como mazmorra de Aguaprofunda, y las copas de los árboles del bosque se yerguen siniestras contra la luna, que se levanta ya por el horizonte, despuntando entre los riscos de la Garganta de Hielo. Allá, en la lejanía, podéis ver sin dificultad la impresionante masa de la Montaña Blanca -la siempre humeante casa de la sierpe nívea-. El viento comienza a ulular entre la arboleda cercana, agitando las ramas de los robles del bosque. Parece como si toda una hueste diabólica fuese a salir de entre la espesura para lanzarse sobre vosotros. De repente una aullido de lobo rompe el siseo enfermizo del viento, pronto otros aullidos responden al primero, como si una sinfonía orquestada de dientes y pelo os diera la bienvenida a un banquete donde vosotros sois la comida. Súbitamente el silencio se hace a vuestro alrededor, el viento se calma y una fría niebla comienza a manar, arrastrándose lentamente por entre los arbustos próximos a la linde del bosque.
De pronto, un zumbido resuena amenazador entre la niebla, luego otro...y otro...y de pronto, docenas de ellos. La batalla ha comenzado.









